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sábado, 26 de octubre de 2013

¿Por qué comemos palomitas en el cine?



Hay sabores y olores que van inevitablemente ligados a un determinado lugar o ambiente. No puede negarse que el olor a algodón de azúcar recuerda a la feria, que las castañas asadas nos recuerdan al otoño y que un Calippo nos transporta al verano. Pues con las palomitas pasa lo mismo, nos llevan de forma irremediable al cine. Pero, ¿por qué palomitas y no otra cosa? Este vínculo, aparentemente aleatorio entre el olor  del maíz tostado y el séptimo arte, tiene sin embargo un origen ya casi centenario.

La costumbre de comer palomitas en el cine fue estrenada en Estados Unidos entre 1929 y 1933, la época de la Gran Depresión, que llevó a trece millones de norteamericanos al paro. Entonces, el principal medio de evasión era el cine, un espectáculo asequible para todos los bolsillos (podías ver una película por tan solo 20 céntimos de dólar, un precio 40 veces más barato al de ahora). Si además querían tener el estómago igualmente entretenido durante la proyección, los empobrecidos espectadores sólo podían permitirse las palomitas, que se elaboraban al instante con una materia prima tan abundante en EE UU como son los granos de maíz. Los vendedores cosechaban unos beneficios de hasta el 2.500%.

Con las salas llenas de gente con escasos posibles y estómagos no demasiado bien servidos, había que proporcionar algún alimento que, además pudiera suponer un negocio para el propietario del cine. Había que mantener al respetable saciado durante las sesiones, que podían ser dobles; y había que hacerlo por muy poco dinero.

Los cacahuetes eran una alternativa, pero dejaban demasiados residuos en el suelo. Los dulces no ofrecían demasiado margen de beneficio. Los espectadores empezaron a desarrollar el gusto por acudir a las sesiones con palomitas que se vendían en las inmediaciones de los cines, pero éstos fracasaron en sus primeros intentos de venderlas en el propio local, al desprender las máquinas para fabricarlas un olor demasiado fuerte. La invención de nuevos aparatos durante los años 30 permitió que las palomitas, por fin, pudieran venderse en el mismo lugar de la proyección. Su precio, que rondaba los diez céntimos de dólar por bolsa, era asumible para el bolsillo del humilde espectador y dejaba un buen margen de beneficio al propietario de la sala por la abundancia y bajo coste de la materia prima.


La fórmula del cine más palomitas cogió fuerza y se asentó con los años pese a la pujanza de nuevos productos industriales que querían subirse al carro de un negocio muy rentable. En este sentido, la Segunda Guerra Mundial supuso un nuevo empujón para la venta de palomitas, ya que el gobierno estadounidense racionó algunos productos básicos como el azúcar, pero dio su beneplácito para que las palomitas se siguieran produciendo masivamente, tanto por la abundancia del maíz como recurso estratégico como por el alto contenido energético de las palomitas, algo nada desdeñable en tiempos de escasez.

Pasada la guerra y el racionamiento del azúcar, las palomitas de maíz habían consolidado su monopolio en las salas de cine y se habían extendido a Europa, que empezaba entonces su época de penurias. La aparición de la televisión, lejos de suponer el fin de las palomitas, sólo conllevó una adaptación del negocio al medio, tal y como lo hizo el cine en sí. La llegada del microondas (en cuya invención, curiosamente, tuvieron mucho que ver las palomitas como conejillo de indias) a las casas trajo consigo un nuevo consumo doméstico masivo, y como la relación mental de cine más palomitas ya estaba hecha, la expansión del producto fue coser y cantar. ¡Pop!



Fuentes: http://cinemania.es y http://www.muyinteresante.es

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